
"Dicen que el hombre es muchos hombres, que se desdobla en diversas personalidades. Freud habla, por lo menos, de tres: el yo, el ello, el id, el superyó, no sé. A mí me parece que somos dos: el vivo y el muerto. Lo que pasa es que el muerto no hace acto de presencia hasta cierta edad. Aparece un día, y ya se queda para siempre. Creíamos que se había ido, como un amigo enlutado, pero vuelve. Ya sé que no se irá definitivamente. Ahora vive conmigo como realquilado. Es un caballero estable que vive en mis habitaciones interiores. Y escribo mucho para huir de él. Al muerto le gusta que vayamos a ver pisos que no vamos a alquilar, que vayamos a casa del médico, que nos pongamos ropa nauseabunda de hace tres inviernos, pero a mi muerto no le gusta el cine ni que yo escriba. Cree que me voy a escapar por la escritura como si la máquina fuese un bólido o una bicicleta. Y la verdad es que yo escribo como si pedalease,
huyendo siempre de algo..."
("Mortal y Rosa". Francisco Umbral)
Últimamente estoy tirando de libros añejos, amarillitos perdíos, de esa estatería a la que sólo me acercaba para cargarme algunos ácaros a golpe de bayetazo, y ¿sabes qué? que me estoy llevando agradables sorpresas.